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Elizzie Chávez Villouta
Elizzie Chávez Villouta | Biobío | 12/08/2020 11:34

Pandemia


Es el año 2020 y estamos viviendo una pandemia mundial, que tiene al planeta aterrorizado, un virus que infesta a las personas y en muchos casos causa la muerte, mañana nuestra ciudad será sitiada y nadie podrá salir ni entrar a ella, estamos con toque de queda. Los países de Italia, España, China son los que tienen mayor cantidad de fallecidos diariamente, seiscientos, setecientos por día, España aumenta sus muertos cada día, en Chile hasta hoy son dos los fallecidos, pero dicen que lo peor está por venir. Los seres humanos hemos entrado en un estado de incredulidad, de asombro, nos parece increíble haber llegado a este estado. Nos hemos sorprendido al ver como los niveles de contaminación han descendido, en Venecia los peces han vuelto habitar los canales, el agua de estos se ha vuelto transparente, la naturaleza por fin vuelve a ser ella, a respirar y la única manera que ha encontrado para sentirse ella, es encerrar a quien tanto daño le ha causado, EL SER HUMANO , estamos hoy en la mayor parte de los países del mundo encerrados en nuestras casas, obligados a reencontrarnos a mirarnos, obligados a reaprender a vivir desde la tolerancia, la misericordia, del amor, ese que hemos olvidado en el torbellino de los días. Dicen que la manera de evitar el contagio es encerrándose en sus casas, evitando el contacto social. Hemos contaminado los ríos, los mares, la montaña, todo aquello maravilloso que el Señor nos regaló para ser felices, no hemos tenido piedad y hoy debemos pagar el costo de nuestra irresponsabilidad. Dicen que los niños no se contagian, gracias a Dios, esta es la esperanza, si desaparecemos los viejos, los niños y jóvenes que tienen una mirada generosa, altruista, respetuosa, sabrán instaurar un nuevo orden, una nueva manera de vivir, sintiéndose parte de la naturaleza, y no por sobre ella, podrán cuidar a los seres vivos, los árboles, las praderas, los campos, no desde una competencia por el poder , como sucede hoy, sino desde la colaboración donde cada uno aporte desde sus talentos y habilidades, donde no existan seres humanos de primera, segunda o tercera categoría. Llevamos ya dos meses encerrados, parte del otoño sin poder gozar de la brisa que viene del mar, los atardeceres, con chalecos gruesos para gozar de un rico café, nada de aquello queda ya, la muerte se pasea y ha ocupado los espacios que antes fueron nuestros sin pedir permiso, ha arremetido sin compasión. Antes no sabíamos, nunca entendimos, en lo profundo, lo maravilloso de una caminata, de un encuentro, de un abrazo, de un café compartido con el amigo, todo estaba dado, perdimos la capacidad de asombro, de maravillarnos y hoy que está perdido, lo soñamos como algo que vivimos en una nebulosa. No volveremos a sentir el viento en nuestro rostro, como una caricia, no volveremos a mirarnos a los ojos, no podremos reconocernos en el gesto de nuestra cara; alegría, pena, asombro; desde hace un mes y no sabemos hasta cuando debemos caminar por la calle, viajar, correr, llorar y sonreír, con nuestro rostro cubierto por una mascarilla. El mundo está colapsado, todo es ensayo y error, no hay cura, no hay vacunas. Cada amanecer me despierto con la esperanza de que todo ya acabó, pero el número de contagiados y los fallecidos aumentan día a día. Me sobrecoge el alma esta línea larga que no tiene fin, nunca acaba, me conmueve esta sensación de estar situado en un tiempo y espacio que no se modifica. Los adolescentes y en especial, mi hija, sus compañeros/as de curso, me han sorprendido, se han organizado por las redes sociales; estudian, conversan, se escuchan, se acompañan, hacen elecciones de directivas, juegan en línea, hacen ejercicios espirituales, hacen ejercicio físico y yoga, leen libros, siguen la series de moda, crearon horarios. Tienen opinión y son críticos del sistema político actual, sueñan y trabajan hoy para alcanzar un mundo mejor, para todos, detestan la mentira y no tienen problema en manifestarlo, son los defensores actuales de las causas perdidas, sí los adultos aprendiéramos a escuchar más y hablar menos, de seguro haríamos mejor las cosas. Después de cinco meses encerrados , miro por la ventana del jardín y me sobrecoge el paso inexorable del tiempo, los cerezos han vuelto a florecer y el invierno está muy cerca de finalizar, y seguimos atrapados. He vuelto a descubrir un país que pensé ya no existía; la pobreza, esa de las carencias absolutas, de las ollas comunes, ha reaparecido, nunca fuimos los top de Latinoamérica, las desigualdades se han hecho presente hoy más que nunca. Pero creo infinitamente en el amor del Señor, creo que tendremos una nueva oportunidad para construir un mejor mundo, necesitamos sentirnos despojados, para comprender que somos vulnerables, que requerimos volver a la fuente, al fondo del pozo, allí donde está guardado nuestro tesoro, ese , el más genuino, ese que contiene lo sustancial de nuestra existencia, donde está depositado lo más fino y grandioso de lo que somos, LA PRESENCIA DEL SEÑOR.
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